Nuestro Dios Soberano

DIOS SOBERANO

HAY ALGUNOS ATRIBUTOS DE DIOS QUE NUNCA ALCANZAREMOS a comprender. Podemos hablar de la autoexistencia de Dios, de su autosuficiencia, de su eternidad y de su naturaleza trinitaria. Sin embargo, siempre debemos reconocer que no las comprendemos completamente, porque no nos asemejamos a Dios en ninguno de estos atributos. Sencillamente, debemos confesar que él es Dios y nosotros somos sus criaturas. El infinito trasciende nuestro entendimiento. Por otro lado, existen otros atributos de Dios que sí podemos comprender, porque en menor grado nosotros también los compartimos. Esto es cierto en el caso de varios atributos de Dios: su sabiduría, su verdad, su misericordia, su gracia, su justicia, su ira, su bondad, su fidelidad, y otros más. De estos atributos nos ocuparemos ahora.

Vamos a comenzar con la soberanía de Dios. Él tiene el gobierno y la autoridad absoluta sobre su creación. Para ser soberano, Dios también debe ser omnisciente, omnipotente y completamente libre. Si Dios tuviera alguna de estas áreas restringidas, entonces no sería completamente soberano. Empero, la soberanía de Dios es mayor que cualquiera de los atributos contenidos en ella. Puede ser que alguno de estos atributos nos resulte más importante -el amor, por ejemplo. Pero si hacemos el ejercicio de detenernos a pensar un
poco más, veremos cómo cualquiera de estos atributos son posibles sólo por la soberanía de Dios. Dios podría ser amor, por ejemplo, pero si no fuera soberano, las circunstancias podrían coartar su amor de manera que nos resultara inservible. Lo mismo con respecto a su justicia. Dios podría querer instaurar la justicia entre todos los seres humanos, pero si no fuera soberano, la justicia se frustraría y la injusticia prevalecería.
Por lo tanto, la doctrina de la soberanía de Dios no es un mero dogma filosófico carente de valor práctico. Más bien es la doctrina que le da significado y sustancia a todas las demás doctrinas.  Como observa Arthur Pink es “el cimiento de la teología cristiana… el centro de gravedad del sistema de la verdad cristiana -el sol alrededor del cual giran el resto de los astros”.

Y como también veremos, es la fortaleza del cristiano y su consolación en medio de los avatares de esta vida.

LAS INTERROGANTES INTELECTUALES

Sin duda que surgen varias interrogantes al afirmar el gobierno de Dios con relación a un mundo que evidentemente ha seguido su propio curso. Podemos aceptar que Dios gobierna en el cielo. Pero la tierra es un lugar sin Dios. Aquí la autoridad de Dios no ha sido acatada y el pecado es lo que prevalece. ¿Podemos decir realmente que Dios es soberano en medio de un mundo como este? La respuesta, si miramos al mundo solamente, es obviamente que no. Pero si comenzamos por las Escrituras, que es lo que debemos hacer si deseamos conocer a Dios, entonces sí podemos hacer tal afirmación; porque la Biblia declara en varias oportunidades que Dios es soberano. Puede suceder que no entendamos esta doctrina. Puede suceder
que todavía no entendamos por qué Dios tolera el pecado. Pero nunca dudaremos sobre esta doctrina ni nos apartaremos de sus consecuencias.

En las Escrituras la soberanía de Dios es un concepto tan importante, que abarca tantas cosas, que resulta imposible estudiarlo en su totalidad. Algunos pasajes, sin embargo, pueden servir para aclarar esta doctrina.
“Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos… y tú dominas sobre todo” (1 Cr. 29:11-12). La misma enseñanza la encontramos en los Salmos. “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1). “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra” (Sal. 46:10). “Dios es el Rey de toda la
tierra” (Sal. 47:7). La doctrina de la soberanía de Dios descansa en la base de todas las exhortaciones a confiar en él, a alabarle y a encomendar nuestro camino a él.

Además de estos pasajes que ya hemos mencionado y de muchísimos otros, hay ejemplos del gobierno de Dios sobre el orden material. El mundo de los objetos y de la materia están sujetos a las normas que Dios les ha impuesto. Son las leyes de la naturaleza y las leyes científicas. Pero no debemos creer, sin embargo, que estas leyes, porque así se les llama, son absolutas y que por lo tanto controlan a Dios y lo limitan; ya que en ocasiones Dios actúa de manera impredecible para hacer lo que llamamos milagros.
Dios mostró su soberanía sobre la naturaleza cuando dividió el Mar Rojo para que los hijos de Israel pudieran salir de Egipto, y luego hizo que las aguas descendieran sobre los perseguidores egipcios para así destruirlos. Mostró su soberanía cuando envió el maná del cielo para alimentar al pueblo mientras estaba en el desierto. En otra ocasión, les envió codornices al campamento para que tuvieran carne. Dios dividió las aguas del Río Jordán para que el pueblo entrara en la tierra de Canaán. Hizo que las murallas de Jericó se derrumbaran. Hizo que el sol se detuviera en los días de Josué en Gabaón para que Israel pudiera obtener
una victoria sobre sus enemigos en retirada. En los días de Jesús, la soberanía de Dios se manifestó en la alimentación de los cuatro mil y los cinco mil por medio de unos pocos panes y unos peces, se manifestó en las curaciones de los enfermos y la resurrección de los muertos. Y por último, se manifestó en los acontecimientos que rodearon la crucifixión de Cristo y su resurrección.

Otros pasajes nos muestran cómo la soberanía de Dios alcanza la voluntad humana y por lo tanto las acciones humanas también. Así fue que Dios endureció el corazón de Faraón para que no dejara ir al pueblo de Israel. Pero, por el otro lado, enternece los corazones de los individuos para que respondan a su amor y le obedezcan.

Puede argumentarse, como ya lo hemos señalado, que algunos hombres y mujeres a pesar de todo desafían a Dios y le desobedecen. Pero esta observación no es suficiente para derribar las enseñanzas de la Biblia concernientes al gobierno de Dios sobre su creación; si así fuera, la Biblia caería en una contradicción. Esta supuesta contradicción se explica fácilmente por la rebelión humana, que si bien está en abierta oposición a los mandamientos explícitos de Dios, permanece dentro de sus propósitos eternos u ocultos. Es decir, Dios tiene sus razones para tolerar el pecado; sabe de antemano que el pecado será juzgado en el día de su ira,
y que mientras tanto no sobrepasará los límites que él ha prefijado. Desde nuestra perspectiva hay muchas cosas que parecen obrar en contra de la soberanía de Dios. Pero desde la perspectiva de Dios, su mandatos siempre son implementados. Como los describe el Catecismo Abreviado de Westminster, son “su eterno propósito, de acuerdo al consejo de su voluntad, por el cual, para su propia gloria, él ha preordenado todo lo que haya de suceder”.

 

LAS INTERROGANTES HUMANAS

 

Desde una perspectiva humana, el problema de fondo con respecto a la soberanía de Dios no es que la doctrina resulte falsa, aunque hay algunos problemas intelectuales que dilucidar, si no más bien que a los hombres y a las mujeres no les gusta este aspecto del carácter de Dios, tan perturbador y que tanto los humilla. Superficialmente, podríamos pensar que los hombres y las mujeres que están viviendo en medio de una cultura caótica abrazarían con entusiasmo la soberanía. “¿Qué podría ser mejor que saber que, a pesar de las apariencias, todo está bajo control, y que Dios puede obrar para que finalmente todo resulte para nuestro bien?”, podrían plantear. Pero esta manera de pensar no toma en cuenta la rebelión básica de la humanidad contra Dios, rebelión que vemos en nuestra búsqueda humana por la autonomía.

La rebelión ha sido una de las características de la humanidad desde los inicios de la historia de nuestra raza. Pero es especialmente visible en nuestra cultura contemporánea, como lo señala R. C. Sproul en The Psychology of Atheism. Nuestro sistema democrático, por ejemplo, rechaza toda autoridad monárquica. “Aquí no servimos a ningún soberano” fue el slogan de la Guerra por la Independencia de los Estados Unidos de América. Hoy, doscientos años más tarde, la consigna todavía nos acompaña. Así es que “el gobierno por el pueblo” se ha convertido en “el gobierno por mí mismo”, o al menos por aquellos que básicamente se
asemejan mucho a mí o con los que estoy de acuerdo. Dios, el digno Señor sobre todas las naciones y todos los individuos, ha sido con delicadeza excluido de todos los ámbitos de toma de decisiones de nuestra vida nacional.

La iglesia no está mucho mejor, como también lo observa Sproul. Muchas veces oímos hablar acerca de las características de Dios en cuanto “Salvador” -su amor, su misericordia, su bondad y así sucesivamente, pero ¿cuántas veces oímos hablar con respecto a su señorío? Esta distorsión se ve con mucha claridad en la evangelización. En la práctica moderna, al llamado al arrepentimiento se lo suele llamar “una invitación”, que podemos aceptar o rechazar. Es una invitación muy gentil y educada. Muy pocas veces se nos presenta el mandato soberano de Dios para arrepentimos o su mandato de completa sumisión a la autoridad del rey
verdadero, Cristo Jesús.

En la actualidad, incluso en la teología, el énfasis de la proclamación de la iglesia radica en la liberación. Pero esta liberación en ocasiones es librarse de Dios tanto como de las “estructuras sociales opresoras”, para usar la terminología usada por la teología de la liberación. Dice Sproul: “En resumidas cuentas, la “liberación moderna” implica una revolución contra la autoridad soberana de Dios cuando los miembros de la Iglesia y del Estado unen sus fuerzas en un acto de traición cósmica”.

La razón básica por la que los hombres y las mujeres no quieren aceptar una doctrina de la soberanía de Dios es que no desean un Dios soberano. Desean ser autónomos. Entonces, pueden negar la existencia de Dios, negando el atributo de su existencia, o simplemente ignorarlo con respecto a cualquier propósito práctico.

El factor más inmediato de la actual falta de respeto por la autoridad ha sido el impacto del existencialismo europeo, a través de las obras de filósofos como Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Martin Heidegger. En sus obras, la autonomía del individuo es el ideal filosófico predominante; todos los demás conceptos, incluyendo la existencia de Dios, deben ser eliminados. Sólo podemos encontramos a nosotros mismos cuando nos hayamos despojado de todas las ataduras externas. Sólo cuando hayamos eliminado a Dios podremos ser verdaderamente humanos. ¿Pero funciona esto? En la obra de Nietzsche, la figura ideal es el “superhombre” o Uebermensche, el hombre que crea sus propios valores y que sólo
responde a sí mismo. Pero Nietzsche, el inventor de esta filosofía, no murió como un ser libre sino como una persona prisionera de su propia mente por su locura. La filosofía de la autonomía existencial es un callejón sin salida -o peor aún, un desastre. Pero, a pesar de ello, es la filosofía que predomina en nuestra época. Dios nos limita, por lo tanto, debemos despojarnos de él -ese es el punto de vista. Las interrogantes deben ser respondidas no sobre la base de los principios divinos que nos revelan lo que es el bien y lo que es el
mal, sino sobre la base de lo que el individuó o la mayoría desea. Y puede suceder que la mayoría dentro de
un sector de la sociedad esté en abierta oposición con otras personas de otros sectores.

El problema no comenzó con el existencialismo, sin embargo. Comenzó mucho tiempo antes -cuando Satanás encaró a la primera mujer en el huerto de Edén, haciéndole la pregunta diabólica: “¿Conque Dios os ha dicho?” y luego sugiriéndole que si ella y su esposo desobedecían a Dios serían “como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Como Dios es la expresión crucial, porque significa ser autónomo. Fue la tentación de sustituir a Dios en su soberanía, como ya Satanás lo había intentado hacer.

¿Tuvieron lugar los resultados prometidos por la serpiente? De ningún modo. Es cierto que el hombre y la mujer conocieron la diferencia entre el bien y el mal, aunque de una manera pervertida. Aprendieron haciendo el mal. Pero no obtuvieron la libertad que ansiaban. Por el contrario, quedaron esclavizados al pecado, del cual sólo el Señor Jesucristo en obediencia al Padre pudo liberarlos a ellos y a nosotros. La autonomía humana condujo a la crucifixión de Cristo. “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:2-3). Pero la verdadera libertad viene de la crucifixión con Cristo, como lo señala Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que
ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”  (Gá. 2:20).

Esta es la paradoja, por supuesto, como ha sido señalada por Agustín, por Lutero, por Edwards, por Pascal, y por tantos otros. Cuando los individuos se rebelan contra Dios, no obtienen su libertad. Quedan esclavizados, porque la rebelión es pecado, y el pecado es un tirano. Por otro lado, cuando los hombres y las mujeres se someten a Dios, convirtiéndose en sus esclavos, es entonces cuando son verdaderamente libres.
Pueden lograr el máximo de su potencialidad y convertirse en algo especial, en los seres únicos que Dios quiso crear.

 

LAS BENDICIONES DE LA SOBERANÍA

 

Encontramos la verdadera libertad cuando estamos prontos a aceptar la realidad tal como se nos presenta (incluyendo la soberanía efectiva sobre toda su creación que le corresponde a Dios), y cuando le permitimos que nos convierta en lo que él desea. El tema de la soberanía de Dios, lejos de ser una ofensa para nosotros puede convertirse en una maravillosa doctrina de la que sacaremos muchas bendiciones.
¿Cuáles son estas bendiciones? Primero, el reconocimiento de la soberanía de Dios inevitablemente profundiza nuestra veneración del Dios vivo y verdadero. Sin este entendimiento y apreciación de estas verdades, muy difícilmente podremos conocer al Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento. Porque, ¿qué clase de Dios es ese cuyo poder está constantemente coartado por los designios de la gente y de Satanás?
¿Qué clase de Dios es ese cuya soberanía debe ser cada vez más restringida, no vaya a suceder que nos imaginemos que está invadiendo la ciudadela de nuestro “libre albedrío”? ¿Quién es capaz de adorar a esa deidad tan truncada y frustrada? Pink nos dice que “un dios” cuya voluntad es resistida, cuyos designios son frustrados, cuyos propósitos son jaqueados, no tiene ningún derecho al título de Deidad, y en lugar de ser un objeto digno de nuestra adoración, sólo merece nuestro desprecio”.

Por otro lado, un Dios que verdaderamente gobierna su universo es un Dios que gozosamente deberíamos buscar, adorar y obedecer.
Este es el Dios que vio Isaías: “vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:1-3). Este es el Dios de las Escrituras. Fue una visión de este Dios, no de ningún otro dios menor, que transformó el ministerio de Isaías.

Segundo, el conocimiento de Dios y toda su soberanía nos consuela en medio de las pruebas, la tentación y la tristeza. Tanto los cristianos como los no cristianos sufren tentaciones y pasan por la tristeza. La cuestión es: ¿Cómo afrontarlas? Sin duda, si las afrontamos sin saber a ciencia cierta si están o no controladas por Dios, y si Dios las permite para sus propósitos, entonces carecen de sentido y la vida es una tragedia. Esto es justamente lo que dicen muchos existencialistas. Pero si Dios todavía ejerce el control, entonces estas circunstancias son conocidas por él y él tiene sus propósitos.

Por supuesto, no conocemos todos los propósitos de Dios. Si los conociéramos seríamos como Dios. Sin embargo, podemos conocer algunos de sus propósitos porque Dios nos los ha revelado. Por ejemplo, el anciano apóstol Pedro escribe a unos que habían pasado por grandes tribulaciones, recordándoles que todavía no es el fin -Jesús volverá, pero que mientras tanto Dios los está fortaleciendo y purificándolos por medio de las pruebas.  “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más
preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). Similarmente, Pablo escribe a los de Tesalónica que habían perdido a sus seres amados, recordándoles que el Señor Jesucristo  volverá y que reunirá a todos los que aún viven con sus seres queridos. Concluye diciendo: “alentáos los unos a otros con estas palabras” (1 Ts. 4:18).

Tercero, un entendimiento de la soberanía de Dios nos proporcionará ánimo y gozo en la evangelización. ¿Cómo es posible evangelizar sin dicha confianza? ¿Cómo puede alguien proponerse llevar un mensaje que resulta tan repugnante para el hombre o la mujer natural y tener todavía la esperanza de que él o ella lo acepten, si Dios no es capaz de tomar a los pecadores rebeldes y convertirlos, a pesar de sus propias inclinaciones, a la fe en Jesús? Si Dios no puede hacer esto, ¿cómo puede alguien en su sano juicio tener la esperanza de poder hacerlo él mismo? Debería abstraerse del problema o tener ridículamente demasiada
confianza en sí mismo. Pero Dios es soberano en esta cuestión como en todas las demás -si Dios llama a quien él quiere y lo llama “efectivamente”-, y es por eso que podemos entonces ser audaces en la evangelización, sabiendo que Dios por su gracia puede usamos como canales de su bendición. Es más, sabemos que nos usará. Porque es a través del testimonio humano que él se ha propuesto atraer a otros a él.

Por último, un conocimiento de la soberanía de Dios nos brindará un profundo sentido de seguridad. Si nos observamos a nosotros mismos, no encontramos seguridad. La lujuria de la carne y de la vista, el orgullo de nuestra vida, son más fuertes que nosotros. Sin embargo, cuando observamos la fortaleza de nuestro Dios, podemos estar confiados. Pablo escribe: ¿Qué pues diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Ro. 8:31, 35, 37-39)

PARA DIOS ES POSIBLE

La Biblia está llena, de principio a fin, de afirmaciones de lo que Dios puede hacer y hará por su pueblo. A continuación hay siete versículos que, cuando los agrupamos, cubren casi todas las doctrinas fundamentales del cristianismo.

1. Hebreos 7:25 en cierto sentido engloba a todos los demás. Nos dice que Jesucristo “puede salvar  perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Mel Trotter, un evangelista de otra generación a quien Dios había rescatado de una vida de alcoholismo, decía que éste era su versículo favorito; haciendo un juego de palabras en inglés, hablaba de la posibilidad que Dios tiene para salvar a una persona “de las cloacas a las alturas” (from the guttermost to the uttermost). Esta es también nuestra historia. Abarca el pasado, el presente y elfuturo.
2. En 2a Timoteo 1:12 Pablo escribe: “porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Es una metáfora financiera y este versículo literalmente significa que “Dios tiene el poder de conservar mis depósitos espirituales”. Dios no nos defraudará.

3. Después tenemos a 2a Corintios 9:8 que dice: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”. Algunos cristianos creen que la salvación de los hombres y las mujeres es algo sólo para el futuro, una filosofía de espejismos en el más allá. Esto no es así. La Biblia nos dice que la gracia de Dios nos puede ayudar en toda buena obra ahora. Es en esta vida que tenemos que abundar en su suficiencia.
4. También se nos dice que Dios nos puede ayudar en tiempos de tentación. La Biblia nos dice sobre Jesús: “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:18). El mejor comentario sobre este versículo lo encontramos en las Escrituras; en otro lugar se nos dice que aunque la tentación es la suerte que le corresponde a la condición humana, Dios no nos dejará ser tentados más de lo que podamos resistir, y que nos ha provisto de una salida incluso antes de que nos sobrevenga la tentación (1 Co. 10:13).
5. Efesios 3:20 nos dice que Dios nos puede ayudar a crecer espiritualmente. Está expresado como una bendición. “Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”.
6. Dios puede también salvar nuestros cuerpos. El Señor Jesucristo “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).
7. Para terminar, en otro versículo, que también es una bendición, Judas dice: “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén” (Judas 24-25). Tomados en conjunto, estos versículos nos declaran que Dios puede salvamos en esta vida y en la eternidad, puede mantenernos fuera de caer en el pecado y en la tentación, puede conducirnos a lo mejor de la experiencia humana y puede colmamos completamente. ¿Son verdaderas estas cosas? Sí… pero solamente por una razón. Son verdaderas porque son la determinación eterna e inmutable del Dios que es
soberano.


Notas
1. Arthur W. Pink, The Sovereignity of God (Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1969), p. 263.
2. Sproul, The Psychology of Atheism, p. 139.
3. Pink, The Attributes of God, p. 28.

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