La apologética incompleta de “Dios no está muerto”

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Una de las películas cristianas más vistas en el cine ha sido “Dios no está muerto”. Tengo comentarios positivos y negativos después de verla en el cine con otros miembros de la iglesia y después de volverla a ver en Netflix. Aunque la calidad general de la producción técnica fue buena, el guión me pareció concluir las historias con un final que no se sintió genuino ni realista. Sin embargo, la película estimula a reflexionar sobre temas importantes en la apologética. Por eso quisiera enfocarme al tema que me dejó más insatisfecho en esta película: la explicación de la existencia del mal.

En “Dios no está muerto”, un estudiante cristiano de primer año en la universidad es retado por su profesor ateo de filosofía a probarle a la clase que “Dios no está muerto”.

Sin embargo, cuando Josh Wheaton presenta su argumento contra “el arma más poderosa del ateísmo”, se queda sumamente corto al decir:

Si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite que exista el mal? El corazón de la respuesta es muy simple: libre albedrío. Dios permite que haya maldad por el libre albedrío. Desde el punto de vista cristiano, Dios tolera la maldad en este mundo temporalmente, para que un día aquellos que eligieron amarlo libremente moren junto a él en el cielo, libres de la maldad, pero con su libre albedrío intacto. En otras palabras, la intención de Dios con respecto a la maldad es destruirla algún día.

Después de eso, entra en una discusión con su profesor sobre los absolutos morales en donde comienza a mostrar el tipo de actitud que es contraria al mandamiento de 1 Pedro 3:15 en donde se nos exhorta a presentar defensa de la esperanza que hay en nosotros “con mansedumbre”.

¿Pero es su argumento sobre la existencia del mal en el mundo adecuada? Como el debate termina con esta presentación, debemos asumir que lo es. Pero yo veo una respuesta en la Biblia que es mucho más profunda.

El hombre es libre, pero solo de hacer lo que su naturaleza lo lleva a hacer—una naturaleza pecaminosa a pecar y una naturaleza regenerada a ser guiada por el Espíritu (Rom. 8:5-10). En realidad, Dios es infinitamente más libre que el hombre. Sólo Dios define el presente por su libre voluntad.

¿Por qué existe el mal según la Biblia?

1. Porque Dios lo permite.

Aunque la Biblia dice que Adán pecó y por eso entró el mal y las consecuencias del pecado, Dios ha permitido un mundo en el que esto suceda, y él tiene la última palabra. El libre albedrío del hombre no explica porque hay terremotos, tsunamis y cáncer. Dios puede detener esas cosas, el hombre no (Mt. 10:29; 8:27; Pr. 16:33; 21:1; Lm. 3:37; Am. 3:6; Is. 46:9-10). Esto no significa que el mal se origina en Él (1 Jn. 1:5), pero sí significa que tiene el control absoluto de TODO, incluyendo a Satanás (Job 2:6-7).

2. Para que veamos la gravedad del pecado.

Nuestra cultura toma a la ligera el pecado. La única manera en que podemos comenzar a entender la gravedad de nuestra ofensa contra Dios es al ver una pequeña muestra de las consecuencias físicas como los desastres naturales, las enfermedades, el mal y la muerte. Dios sujetó la creación a vanidad (Ro. 8:20).

3. Para mostrarnos nuestra necesidad de Dios.

Cuando experimentamos lo que significa estar separados de él, comenzamos a ver lo hermoso del evangelio. Cuando vivimos la realidad de la aflicción en esta vida, comenzamos a valorar lo incomparable de la gloria eterna (Ro. 8:18). Cuando seguimos llenos de esperanza y gozo en medio de la pérdida material, mostramos el supremo valor de Cristo a un mundo que no lo valora (2 Co. 6:10).

4. Para su gloria.

Todo es para su gloria y parte del gran misterio de por qué Dios permite que exista el mal y Satanás, es porque de alguna manera todo servirá el propósito final de exaltarlo sobre todas las cosas (Ro. 11:36). Cuando Dios nos hace “más que vencedores” (Ro. 8:37), lo hace al no solo derrotar el pecado, sino al convertirlo en su esclavo para cumplir sus propósitos. Y de esa manera puede prometer con toda soberana autoridad que “todas las cosas ayudan a bien a los que a Dios aman, los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28).

Y para concluir, podemos decir que el argumento de los ateos de que el mal, el dolor y la muerte muestran a un Dios sádico que es indiferente al sufrimiento de sus criaturas, está completamente ignorando el mismo método que Dios usó para salvarnos: el sacrificio sangriento y cruel de su Hijo (Hch. 4:27-28).

Dios no es indiferente ante la miseria que nos ha traído el pecado. De hecho, su Hijo se encarnó y experimentó cargar pecado, sufrimiento y muerte por nosotros. Si después de ver a Cristo crucificado, crees que a Dios no le importa nuestro dolor, estás negando la evidencia más grande de amor (Ro. 5:8).

Nuestro problema no es que Dios permita el mal y el sufrimiento, sino que tenemos una percepción errónea de lo que merecemos, lo que es mejor para nosotros y de nuestro propio pecado. Dios es justo ahora y también hará perfecta justicia al final. Su gloria será mejor vista y contemplada en lo que él haga y permita a lo largo de la historia. Ni tú ni yo podemos cambiar ni entender cómo funciona eso realmente (Rom. 11:33-35). Mientras, descansemos en un Dios soberano que sabe lo que hace, y que nos ha mostrado que hay sufrimiento peor que el que puedes experimentar en esta vida. Y hay placer, gozo y satisfacción mejores que los que puedes experimentar ahora (Sal. 16:11; Fil. 3:8; 2 Cor. 4:17-18).

Explícale eso a tu maestro ateo de filosofía.

Libros adicionales sobre este tema: ¿Por qué lo permite Dios? de Martyn Lloyd-Jones (ed. Portavoz), Pecados Espectaculares de John Piper (ed. CLC).

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